No me queda el recuerdo. No me quedó su cara, ni su pelo, ni su sonrisa. Tampoco me quedará su voz y ni siquiera su olor. Lo único que me quedó fue resignación, impotencia y su falta. Una falta que no se iría nunca. Lo echaré de menos toda mi vida.
Tres años bastaron para que esa enfermedad degenerativa o más bien “degenerada” lo consumiera. Mi hermano murió a los tres año después de una lucha brutal contra la vida y contra ese supuesto Dios que se lo quería llevar antes de tiempo. ¿Porqué? ¿Porqué se lo llevó? ¿Qué hizo él que yo no hice para morir tan joven? ¿Qué maldad podía tener un niño de tres años? Ese Dios que todo lo puede, también pudo llevárselo. Si Dios existe, con perdón para los adeptos, es un hijo de puta.
Conviví con la religión por que lo hacían todos. Recibí clases de religión durante muchos años y comprobé que Dios no está ahí fuera, sino aquí dentro. Dios está en mi mente, yo soy Dios. Dios sois también vosotros. Lo divino está en lo Humano. Ojalá los ateos tuviésemos tres palabras que significasen tanto como “Dios te ama” para los momentos de desamparo.
Puede parecer que al sufrir una desgracia personal ataco a Dios porque no puedo atacar a otra persona. ¿Quién mejor para atacar? Pero no. Como mi hermano hay otras muchas injusticias en el mundo como para que exista un Dios. Luego le dirán a mi madre o a cualquier madre que “los caminos de Dios son inescrutables”. Hay que ser muy frio e insensato para pensar eso y un mal nacido para decírselo a una persona que sufre y está vomitando su amor por lo que se fue. Mi hermano.
No me queda el recuerdo. No me quedó su cara, ni su pelo, ni su sonrisa. Tampoco me quedará su voz y ni siquiera su olor. Lo único que me quedó fue resignación, impotencia y su falta. Una falta que no se iría nunca y lo echo tanto de menos.
